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Bueno, no exactamente él, sino el legado político y filosófico que dejó resumido en su libro Mein Kampf (Mi lucha”), escrito en 1923. El 31 de diciembre de 2015 esta obra pasará a ser de dominio público en Alemania y en todo el mundo. Así que cualquiera podrá editarla, aunque los derechos editoriales de la obra pertenecen al estado de Baviera desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Una comisión militar formada por representantes de los países aliados decidió prohibir en 1945 la reimpresión, la difusión, y la venta del libro de Hitler. Las bibliotecas y los organismos oficiales de toda Alemania reunieron todos los ejemplares que encontraron y los guardaron en las llamadas Giftkammer, unos almacenes donde languidecerían durante décadas junto a otras obras escritas por dirigentes nazis.

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Pero tres años después del fin de la guerra un tribunal de Múnich dictaminó que todos los bienes que poseía Adolf Hitler en Baviera, porque Hitler era oficialmente un ciudadano con residencia en ese estado, pasaran a manos del gobierno local, incluidos los derechos de autor de “Mi lucha”. Desde entonces el Ministerio de Finanzas de este länder es el propietario legal del libro, potestad que hasta entonces ejercía la editorial Eher-Verlag.

Desde ese momento el gobierno bávaro ha estado vigilando el mercado editorial para impedir que nadie pueda volver a publicar el libro. Pero se topó un problema: Eher Verlag vendió los derechos de autor en lengua inglesa a una editorial británica con lo que en Reino Unido e EE.UU el libro se puede comprar sin problemas. Al igual que en Israel, donde no está prohibido. Lo más curioso del caso es que la editorial que vende el libro en el mercado anglosajón es Random House, filial del grupo alemán Bertelsman. Por otro lado, en Alemania está prohibido publicar “Mi lucha” porque el Ministerio de Finanzas bavaro invoca para ello un artículo de la Constitución alemana que prohíbe incitar el odio racial o difundir los ideales del movimiento nacionalsocialista.

El 2012 el gobierno de este estado autorizó al Instituto de Historia Contemporánea de Múnich para que preparara una edición crítica del libro e incluso lo financió con medio millón de euros. Hace unas semanas, las autoridades alemanas anunciaron que lucharán para evitar la publicación de “Mi lucha” a partir del 31 de diciembre de 2015, y que no publicará ninguna edición crítica de la obra.

Aún así, quien quiera comprar un ejemplar de este libro, que vendió millones de copias desde su publicación, solo tiene que acudir a cualquier tienda online donde, seguro, no tendrá ningún problema legal para adquirirlo.

 

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La reciente publicación en EE.UU del libro “The Collaboration: Hollywood’s pact with Hitler” del profesor de la Universidad de Harvard Ben Urwand ha reabierto el debate de cómo las empresas norteamericanas ayudaron durante los años 30 del pasado siglo al gobierno alemán de Adolf Hitler.

El periodo de entreguerras se suele examinar con los resultados de la IIGM en la mano, y sabiendo de antemano cómo se desarrollaron los eventos que desembocaron en el mayor conflicto armado de la historia. Pero para muchos gobiernos occidentales en esa época el verdadero peligro no era la Alemania de Hitler o la Italia de Mussolini, sino la URSS de Stalin. Pero solo de política no vive el hombre, y los beneficios económicos que reportaba el mercado alemán eran tenidos en cuenta por los hombres de negocios de EE.UU.

 

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Cuando Hitler llegó al poder, en 1933, se estrenaban cerca de 250 películas norteamericanas al año en Alemania. Esa cuota de pantalla no podía desaparecer por arte de magia ya que reportaba suculentos beneficios a las empresas de EE.UU. De todas maneras, el primer aviso de los nazis a los estudios cinematográficos se produjo el 5 de diciembre de 1930 durante el estreno en Berlín del film “Sin novedad en el frente”, producida por el estudio Universal. La adaptación al cine de la novela de Erich María Remarque, que retrata el conflicto de la Primera Guerra Mundial, fue una afrenta para los nazis que habían pasado recientemente de 12 a 107 escaños en el Reichstag. Un grupo de nazis compró las 300 localidades del estreno de la película en Berlín y protagonizó un altercado mayúsculo. Los matones nazis gritaron, patalearon, soltaron ratones, lanzaron bombas fétidas…. todo con el fin de sabotear el estreno. Al fin, obligaron a parar la proyección, hecho que aprovechó Goebbels, presente en la sala, para dar un discurso incendiario contra EE.UU y el film. Seis días después de este estreno, la película fue prohibida en Alemania.

Los dirigentes de los grandes estudios tomaron nota, y cedieron durante años a las presiones de los dirigentes nazis revisando los guiones, o seleccionando muy bien la temática de las películas que se estrenaban en Alemania. Habrá que esperar hasta 1940 con el estreno de “El gran dictador” para que Hollywood empiece a dar la espalda Hitler.