Archivos para febrero, 2015

Cuando la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin, los líderes occidentales pensaban ya en los posibles enfrentamientos entre las potencias aliadas y la URSS. Gran Bretaña, los EE.UU no se fiaban de Stalin desde la década de los años 30 del pasado siglo, y la colaboración con el régimen soviético durante el conflicto armado fue puntual e incómodo para ambos países. Después de la conferencia de Yalta, donde los países victoriosos se repartieron las zonas de ocupación de Alemania y donde se acordó la celebración de elecciones libres en los países conquistados, se vio clara la voluntad de Stalin de no seguir los acuerdos adoptados con sus aliados.

Hace 70 años, en la primavera de 1945, el primer ministro británico Winston Churchill envió una carta a Anthony Eden, secretario de Asuntos Exteriores de su gobierno, donde le expresaba su temor al expansionismo soviético en la Europa del Este. Churchill no se quedó en esta mera queja sino que ordenó al Estado Mayor de Planificación de la Fuerzas Armadas Británicas que elaborara un plan militar para hacer frente al Ejército Rojo.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Estos planes se tradujeron en la llamada Operación Unthinkable que se presentó el 22 de mayo de 1945 ante el Gabinete de Guerra del gobierno británico. El objetivo de esta operación era “imponer a Rusia la voluntad de los EE.UU y del Imperio Británico”. Para ello Churchill contaba con la baza de, al menos, 100.000 soldados polacos enrolados en las tropas aliadas, y también con cientos de miles de soldados alemanes a los que pensaba rearmar para luchar contra los soviéticos. Pero el Estado Mayor británico puso en duda que sus propios oficiales y soldados pudieran luchar junto a sus enemigos hasta hace bien poco contra el Ejército Rojo.

El inicio de las hostilidades contra la URSS tenía una fecha: el 1 de julio de 1945, y contaba, según los planes de los militares británicos, con el apoyo de la opinión pública de su país y de EE.UU. La operación fue desechada por la superioridad de los soviéticos en el teatro europeo, y porque la Segunda Guerra Mundial había dejado exhaustos a todos los países que habían participado en ella.